El otro día, mientras en casa de mi cuñado celebrábamos con algarabía su cumpleaños, uno de los asistentes me estuvo ilustrando, con todo lujo de detalles, sobre la presunta conspiración que yace latente tras los atentados del 11-M. Este fiel seguidor de Pedro J., Jiménez Losantos, Benedicto XVI y Carmen de Mairena; arropando su argumentario en toda una suerte de agujeros negros informativos y siniestras tramas dignas de la mejor novela negra, me envolvió de tal forma que, al llegar exhausto, intelectualmente hablando, a mi casa, no pude evitar la tentación de conectar el ordenador para bucear en la página web donde se da testimonio de tales revelaciones. Después de leer todo aquello no pude conciliar el sueño.
De cuanto dijo, especialmente me impactó la contundencia con la que repetía, ante mi contumaz obstinación en no dar por buenas sus conclusiones, casi machaconamente, "…cuando quieras adivinar quién es el culpable de algo, pregúntate quien salió beneficiado de los hechos que investigas", añadiendo, "…fijate en el 11-M, ¿quiénes son los principales beneficiados?: ETA y el PSOE…". Aquella hipótesis que correlacionaba a culpables y beneficiados me impactó profundamente y ya no pude seguir discutiendo. Más tarde, tumbado sobre la cama, e imbuido de un pesimismo atroz y paranoico ante tanto cabo suelto, fui incapaz de dejar de dar vueltas a aquel asunto en toda la noche.
Porque, claro, pensé, el 11-M benefició, en términos electorales, al PSOE y a ETA, ergo, detrás de esta oscura trama puede que estén el PSOE y la ETA; pero, en esa misma fecha, y camino de Madrid, otra caravana de la muerte, afortunadamente detenida por la policía, dirigía sus pasos hacia la capital con similares intenciones y, ésta, de haber alcanzado su objetivo, habría beneficiado al PP, que por lógica debería estar detrás de ella. Sobresaltado ante este panorama electoral de partidos poniéndose bombas mutuamente para alzarse con la victoria, me levanté a beber un vaso de agua porque la boca se me estaba quedando seca.
Me dije, mejor aplicar esta nueva lógica a otro atentado. Pensé en el 11-S. ¿A quién beneficia?. A Bush y a su manía de reestructurar los mercados energéticos. Es obvio. ¿Y a sus socios?. También. Otra vez el PP detrás de un megaatentado. Alterado, di un respingo ante tanto horror y decidí centrarme en otro hecho, menos sangriento. Tal vez el exceso de plasma me confunde en exceso, reflexioné, y en un ejercicio de flash back recordé el atentado que sufrió Aznar a manos de ETA que, según esta nueva forma de pensar, me llevaba a concluir que el propio Aznar atentó contra Aznar sin éxito para que Aznar pudiera ser presidente del Gobierno. Había llegado demasiado lejos.
Para tranquilizarme decidí vestirme y bajar a la calle a dar una vuelta. Al salir del ascensor observé un extraño polvo blanco debajo de las rendijas de las puertas. Era ácido bórico, reconocí espantado. El presidente de nuestra comunidad, un atento y servicial abogado que, en sus ratos de ocio frecuentaba la sede del PP, había indicado al conserje que utilizase ese producto, ante las recurrentes quejas de los vecinos, para acabar con las cucarachas que por la noche poblaban el portal. Razoné, el mismo producto que se encontró en la casa de un terrorista islámico vinculado al 11-M. Un sudor frío, polar, se apoderó de todo mi cuerpo. ¡Aquel bonachón cejijunto!. No puede ser.
En mi barrio, justo al doblar la esquina, había una pintada que decía: "ZP asesino". No había caído en ello pero observé que, anormalmente, un número exagerado de vecinos insomnes paseaban por la noche con cara de espanto. Nuestras miradas, huidizas, apenas se cruzaban. Todos podíamos ser culpables. Procurando no levantar sospechas volví a casa y puse la televisión. En el telediario un tipo canoso y petulante, que siendo ministro del interior no se cansó de repetir que el 11-M lo organizó ETA, cosa que, por otra parte, le implicaba a él y a todos sus correligionarios, boceaba ante un micrófono exigiendo al Gobierno la verdad sobre aquellos hechos.
No pude más. Apagué la televisión, me tomé dos pastillas de valeriana y tiré cuidadosamente todos los macarrones a la basura. No vaya a ser que alguien me relacione con la Mafia calabresa, me dije. Tuve un sueño profundo: vi como las pirámides de Egipto eran construidas por los extraterrestres. Por cierto, ¿Se sabe ya quién mató a Kennedy?.
Hoy, hablando con un compañero de trabajo que, pese a su juventud, es tremendamente lúcido, y al hilo de la conversación, me ha venido a la memoria el profesor más completo, brillante y eficaz que tuve en todos mis años universitarios. Se trata de David Anisi que, según mis últimas referencias, ejerce como catedrático de Teoría Económica en la Universidad de Salamanca. Quienes tuvimos el privilegio de ser alumnos suyos en la UAM seguimos ejerciendo, a veces de forma inconsciente, el anisismo en todas las facetas de la vida. O al menos ese es mi caso.
Anisi, que en diez minutos de clase transmitía más que otros en un cuatrimestre entero, tenía la virtud de enseñar y hacer pensar de forma lúdica, divertida, huyendo siempre de un lenguaje gremial y oscuro que servía más para esconder ignorancias que para aclarar conceptos. Con Anisi uno sabía que cada clase sería algo provechoso, algo distinto. Sin perder un ápice de rigor, en esos años de universidades masificadas y falta de medios, y preocupado más por enseñarnos algo, y bueno, que por perderse en marañas de ecuaciones indescifrables; con el arte de un prestidigitador, nos fue introduciendo en el lenguaje económico casi sin darnos cuenta. Anisi me enseñó a decantarme siempre por la sencillez, por el lenguaje claro, directo, por cuestionarme lo más evidente, que es lo más inaccesible a veces.
A Anisi le perdió la coherencia, la valentía, la envidia ajena y la maledicencia. Harto de soportar el intrusismo mediocre de un claustro de profesores que no alcanzaba para ser catalogado como mononeuronal, un buen día decidió recoger sus bártulos e iniciar un nuevo camino lejos de Madrid. No saben lo que perdieron las siguientes hornadas de estudiantes de la Autónoma. Aquella infausta jornada, de luto académico para la universidad madrileña, comprendí, que muchas veces, por ser bueno, se paga un alto precio. Las conjuras de los necios siempre permanecen al acecho.
Embaucado ya por el recuerdo feroz de una persona brillante a quien la sociedad no ha hecho suficiente justicia, me zambullí posteriormente en la lectura de la prensa. Observo que el debate entre lo público y lo privado sigue estando, sabiendo leer entre líneas, tal y como diría Anisi, en el cedazo de todas las disputas académicas y profesionales. Me viene a la memoria, al hilo de lo comentado, una reflexión suya, llena de sencillez y de tremendos agujeros negros, pero profundamente ejemplarizante. Al menos da para pensar y mucho.
Proponía Anisi lo siguiente: supóngase una pequeña sociedad de, digamos, cien habitantes con un parque público. En dicho parque están empleados cinco trabajadores y un gerente. La moneda de curso legal en nuestra pequeña sociedad es el anisi. Supóngase también que el gerente y los empleados del parque, por el trabajo que desempeñan, cobran cien anisis cada uno. El coste total de mantenimiento del parque es, por tanto, de 600 anisis.
En nuestra pequeña sociedad existe un único impuesto con un tipo fijo del 10 por 100. Un ochenta por ciento de los habitantes tiene unos ingresos equivalentes a los de los trabajadores del parque. El otro veinte por ciento gana el doble. Teniendo en cuenta lo anterior, los ingresos tributarios de nuestra pequeña sociedad serán de 1200 anisis, justo el doble de lo que se necesita para financiar el mantenimiento del parque público. Adicionalmente supongamos que los ciudadanos de nuestro ejemplo valoran el disfrute del parque en un cinco por ciento de sus ingresos de forma uniforme. Ricos y menos ricos estarán satisfechos con el sistema establecido, compartiendo juegos y conversaciones en las tardes primaverales.
Supóngase ahora que hay un cambio de gobierno, y que los nuevos gestores deciden privatizar el parque. En estas nuevas circunstancias el director del parque se verá obligado a fijar un precio por su uso. Como el coste de mantenimiento del parque es de 600 anisis, y hacen uso de él 100 individuos, la entrada al parque quedará fijada en 6 anisis.
Con estas nuevas condiciones el gobierno puede aprovechar para adecentar las cuentas públicas disminuyendo la presión fiscal al 5 por 100 y presumiendo de superávit presupuestario. Ya no necesita los 1.200 anisis de recaudación, le basta con 600. Como consecuencia de esta medida, los menos favorecidos de la sociedad dejarán de acudir al parque porque la valoración que hacen de su uso es de 5, siendo el coste de la entrada de 6. Y el gerente se verá obligado a despedir a cuatro trabajadores porque con uno le basta para mantener el parque en condiciones de uso.
El veinte por ciento más rico de nuestra pequeña sociedad disfrutará del parque en exclusiva por un precio de 10 anisis, que es, en definitiva, lo que el gobierno les ha devuelto como consecuencia de la bajada de impuestos, y que, además, es lo que esta minoría privilegiada establece como valoración del parque, mientras que el ochenta por ciento restante se tendrá que conformar con verles sonreír desde detrás de la verja.
Saquen ustedes sus propias conclusiones. David Anisi jamás juzgaba por nadie. Simplemente planteaba el problema aderezándolo de una sonrisa socarrona, y cuando el hígado se lo permitía, de una cerveza bien fría. Su planteamiento está lleno de trampas pero esconde hermosas verdades. Sean valientes y cuestiónenselo todo. Les dejo. Me voy al frigorífico a destapar una Mahou y a brindar por una persona que merece la pena, y mucho. Mientras, vayan entreteniéndose un rato, vayan.
Hay personajes históricos a los que aún me cuesta trabajo catalogar. Quienes fuimos víctimas, en nuestra primera infancia, de los últimos coletazos de un franquismo represivo y empobrecedor, que consiguió sumir a toda una generación de ciudadanos en una bipolaridad absurda entre el bien y el mal, tuvimos, más que problemas, para encasillar, según el modelo al uso, a individuos que, como Napoleón Bonaparte, tenían un poco de todo, y un mucho de nada.
Al célebre estadista galo se le glosaba como un general de altura, innovador en el arte de la batalla y de la conquista, situado a la par, en cuanto a inteligencia, con nuestro laureado generalísimo; subyugador de pueblos enfebrecidos por una rebeldía galardonada con las medallas de la épica y la indomabilidad. Los fusilamientos de Goya son viva expresión de esa nobleza de ánimo que, de forma tan enjundiosa como desinteresada, nos atribuíamos a nosotros mismos por nuestra obstinada resistencia al magnífico empuje del celebre estadista francés.
En aquellos tiempos la sencillez se imponía a la cordura. Todos teníamos claro que Stalin era un usurpador de nuestro oro, que el general Franco nos había mantenido neutrales en la segunda guerra mundial, y por ello le debíamos estar siempre agradecidos, y que los americanos habían arribado a nuestras costas con un pan debajo del brazo y Willy Wilder debajo del otro. Sólo Napoleón sembraba de desconcierto nuestras cuadriculadas, y bien ordenadas, mentes infantiles.
Al comenzar la transición el gris sustituyó al blanco y negro, y la película de nuestra vida se volvió a poblar de personajes mezquinos y generosos a un tiempo. Entonces, Napoleón dejó de ser esa rara avis del vademécum franquista, que tanto había atribulado nuestras incipientes inteligencias, para convertirse en una especie de pionero histórico del cambio político que se avecinaba. Con la aprobación de la LOGSE, Bonaparte se esfumó en un capítulo intermedio de los libros de texto.
Pasados los años, uno echa en falta el desconcierto que el desterrado de Santa Helena aportó a aquellos primeros años de regleta y palo en el colegio. Y más cuando el pedacito de historia que a uno le ha tocado vivir está ocupado por personajes tan grises y anodinos que ni el desconcierto es ya consuelo suficiente para un alma inquieta. Todos los días padezco mi particular Waterloo por su ausencia.
En estas reflexiones estaba cuando me he acordado del político más desconcertante que ha parido el solar patrio en los últimos años. Demagogo, egpañol, populachero, católico, hedonista, jacobino, verborreico... Sí, no se equivocan: José Bono. Inquieto que es uno, he aprovechado las armas que la sociedad del conocimiento pone en nuestras manos para gugelear en busca de información suya. Me he topado con su web personal.
Así, a simple vista, y conste que lo que voy a decir no es broma-pueden ustedes hacer la prueba consultando el apartado titulado Bono con todos-, uno no sabe si el lugar que visita es la web del exministro manchego, la de Juan Pablo II o la de Betty Misiego. Personalmente me inclino por la tercera opción. Hacía tiempo que no me reía tanto. O el webmaster es un primo segundo de Maragall o Bono es mucho más desconcertante de lo que yo pensaba.
Apagadas las últimas risas una fresca brisa infantil ha vuelto a recorrer mi cuerpo. Y me he puesto nostálgico recordando a Franco haciendo de Napoleón en un cuadro y a Bono repartiendo caramelitos en la puerta de los colegios. Lástima que le hayan cesado. Con él al frente de nuestro glorioso ejército podríamos haber vuelto a recuperar la isla de Perejil y yo, por supuesto, el desconcierto.
¿Se puede ser idiota sin llegar a parecerlo?. Ardua cuestión. Algo así se han debido de plantear, en innumerables oportunidades, los asesores de imagen de Bush. Porque hemos de reconocer que si alguien representa, mejor que nadie, al idiota público que no se avergüenza de serlo, ese es el presidente norteamericano. Todos tenemos en la retina múltiples imágenes del mandatario yankee ejercitándose en la idiotez. Tal vez la más paradigmática de todas sea aquella en la que permanece ensimismado escuchando un cuento infantil, en una guardería, mientras uno de sus acompañantes le informa del desastre del 11 S. Su elenco de idioteces hace de Forrest Gump un intelectual en ciernes. No lo duden.
Groucho Marx, que injustamente, y espero que sólo de forma momentánea, se encuentra apartado del catálogo de ilustres filósofos del siglo XX, asevera que es mejor permanecer callado y perecer idiota, que abrir la boca y despejar todas las dudas. Bush, que en filosofía marxiana debe andar un tanto pez, hace acopio de actitudes funambulistas, y no duda en dispendiar el tiempo confirmando, y reconfirmando, algo que ya no escapa ni al más estúpido de los mortales. Si algún día alguien decide homenajear a la idiotez con un busto sin nombre, ya tiene el molde adecuado para iniciar los trabajos.
No sé si los asesores de Bush gastarán mucho dinero en psiquiatras. Pero igual que merece la pena inquirirse por la idiotez y sus consecuencias, más peliaguda es la respuesta a la que nos lleva preguntarnos cómo un idiota llega a ser lo que es. No me lo nieguen, el idiota al que he hecho referencia hasta ahora lleva ya casi ocho años siendo presidente de la mayor potencia mundial. Y eso da, o debería dar para cuestionarnos muchas cosas, empezando por nosotros mismos.
Cipolla, en un brillante ensayo que caricaturiza al método científico, y sus devastadoras consecuencias cuando se utiliza sin rigor, titulado Allegro ma non troppo; en su divertida segunda parte realiza un acerado estudio de la estupidez humana. Sostiene el autor de este ensayo, que recomiendo encarecidamente a quienes pierden su tiempo leyendo lo que aquí escribo, en vez de dedicarlo exhaustivamente al trabajo de Cipolla, que dado que, en democracia, también votan los estúpidos, por fuerza, un porcentaje de los elegidos también lo ha de ser. Ruego que nadie establezca proporcionalidades en el caso de la sociedad americana. Las extrapolaciones siempre son peligrosas.
De todas formas, tener un idiota de proporciones tan descomunales como las de George Jr. también tiene sus ventajas. Puestos a encumbrar idiotas al poder, mejor uno y trino, que suena mucho más cristiano, que no una corte de trogloditas de la imbecilidad compitiendo por llevarse el premio.Y si no, fijénse ustedes en el caso de Acebes y Zaplana, que andan a la par, zascandileando en los medios públicos, por alcanzar tan alta consideración. Las bicefalias no son buenas. Bien lo sabe Borrell, que compartió cabeza con Almunia, y acabó guillotinado.
El día 16 de agosto, dos pasajeros árabes fueron obligados a abandonar el vuelo que, desde Málaga, pretendía partir en dirección a Manchester. Parte del pasaje se amotinó, negándose a permitir que el avión despegase, mientras los dos pakistaníes no se quedaran en tierra. Por lo visto, su delito, además de sus facciones y atuendo árabe, consistía en mirar demasiadas veces el reloj. Tal vez estaban impacientes, esperando a que en la zona de pasajeros del avión hiciese acto de presencia el primer idiota.
Al precio que está el desayuno en las cafeterías, uno no se debe conformar con degustar un café con leche y un bollo sin más. Los casi dos euros que nos cobran por lo que, hace apenas tres años, rondaba la mitad, exigen, por parte del establecimiento que presta el servicio, una puesta en escena que nos induzca a pensar que los cuartos que donamos a la noble causa del lucro ajeno han sido amortizados con éxito según los cánones de nuestra satisfacción personal.
Esta mañana, mientras daba buena cuenta de un aguachirle con leche y un rosetón, que no desentonaría en las excavaciones de Atapuerca, he podido disfrutar; eso sí, con la discreción propia del espía que teme ser descubierto, de la conversación que mis dos compañeros de barra mantenían en torno a las autopistas isleñas y su increíble "ancho de banda". Para que luego digan del pobre grado de penetración de la Sociedad de la Información y el Conocimiento en la cultura española.
Como la nostalgia todo lo puede, lo que en un principio no era más que un análisis pormenorizado de las infraestructuras extrapeninsulares, ha terminado por convertirse en un ejercicio morriñero de añoranza, en donde el cántaro y el burro han concluido por imponerse al alquitrán y la grava. Pero no es este el caso que más me ha llamado la atención, porque, siendo uno perro viejo, sabe de sobra que, como ya dijo Jorge Manrique, "cualquiera tiempo pasado fue mejor", entre otras cosas porque entonces siempre éramos más jóvenes.
Sorprendentemente, mis dos inconscientes compañeros de tertulia comenzaban todas sus frases de forma diametralmente distinta con sólo variar un prefijo. "Yo me recuerdo", decía uno; "Yo me acuerdo", respondía el otro... Pido perdón por anticipado a los lingüistas, pero, aun reconociendo la incorrección gramatical de la primera fórmula, la he encontrado mucho más poética y ajustada a la realidad.
No creo que acordarse o recordarse sea una cuestión baladí. Quien se acuerda recrea el pasado como algo ajeno, como una especie de documental en el que uno es el narrador de la historia, pero siempre hay una distancia, y nunca se produce una identificación total con la escena. En cambio, recordarse implica ser sujeto activo de la trama, asumir el rol de personaje principal, y, como no, implicarnos al máximo en el devenir de los hechos sin exonerarnos de sus consecuencias.
Yo, que a veces me recuerdo, y otras, simplemente me acuerdo, entiendo bien la diferencia... Creo que no vendría mal que nuestros ilustres gramáticos aceptaran esta nueva forma lingüística en primera persona. Entonces, y sólo entonces, tal vez podríamos saber si Aznar se acuerda o se recuerda con los pies encima de la mesa de la voluntad de todos los españoles, en compañía de Bush, o si Zaplana se acuerda o se recuerda en sus tiempos de gestor de intereses en la comunidad valenciana. El matiz es importante.
Al abandonar la cafetería he sentido por primera vez, en los últimos tres años, que los casi dos euros que me han cobrado estaban muy bien pagados. Incluso les he dejado, en el platillo, cerca de veinte céntimos de propina. No sé si me acuerdo o me recuerdo disfrutando de la sonrisa cómplice del camarero. Mañana no podré volver para preguntárselo. Terminó el verano.
La objetividad es una quimera que afanosamente buscamos quienes creemos que el mundo es un lugar absurdamente subjetivo. Hay escritores que, desesperadamente obstinados en ser objetivos, encuentran el camino de la ecuanimidad en un desdoblamiento irreal de personalidades que les conduce a una literatura enriquecedora pero esquizofrénica. Quizá el caso más paradigmático sea el de Fernando Pessoa y sus incontables heterónimos. No es el único.
Álvaro de Campos, que es Fernando Pessoa, aunque a veces no lo parezca, ilustra la cuestión de la siguiente manera: "nadie puede esperar ser entendido antes que los demás entiendan la lengua que habla". Y cita para sustentar esta tesis el caso de egregios literatos como Verlaine, Marmallé, Wordsworth, Keats o Rossetti. Tachados de locos o imbéciles por sus coetáneos, estos ilustres enemigos de Dios y de la moral no encontraron oídos adecuados para sus discursos hasta que ese compendio polimorfo, denominado los demás, descifró el código en el que se expresaban.
Un mal parecido debe afectarme a mí que, por más que intento desentrañar el sentido de muchos de los posicionamientos de nuestros partidos políticos, no acabo de entrever un ápice de lenguaje auténticamente democrático en sus palabras. Pongamos por caso, y es sólo un pequeño corpúsculo de la parte visible del iceberg del desconcierto en el que me encuentro sumergido, la cuestión del voto de los inmigrantes en las próximas elecciones locales.
Hace ahora algo más de tres años asistí a unas jornadas en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Uno de los ponentes expuso con clarividencia y precisión la necesidad de dotar a la población inmigrante del derecho al voto en los comicios locales. Sus argumentos, demoledores y quirúrgicamente exactos, no hallaron en el auditorio más que el cálido beneplácito de unos cuantos aplausos dados con desgana. El resto fue silencio, y sólo silencio. La lógica que empleó era oníricamente aplastante desde la candidez democrática. Ninguna sociedad puede cometer la villanía de gobernar de espaldas a más de un diez por ciento de su población. Y todos sabemos que cuando un colectivo, por amplio que sea, no goza del derecho al voto, políticamente no existe. Muchas mujeres no ignoran, por dolorosa experiencia vital, que esto es cierto.
Ahora que se aproximan las elecciones de 2007, nuestros principales partidos políticos se encuentran enzarzados en polémicas al respecto, que lindan con la sofística más rancia. La cuestión de fondo a nadie importa. Ponderar el influjo positivo, o negativo, que, desde el punto de vista del rédito electoral, en los futuros comicios tendría la incorporación de este potencial cuerpo de votantes es lo único que parece transcender. Unos y otros echan sus cuentas con la desfachatez propia de quien considera la democracia un juguete a su servicio.
El problema, según parece, acabará trasladándose al año 2011. Los plazos legislativos, y el rigor jurídico, impiden adoptar la medida de forma inmediata. Los inmigrantes, excepción hecha de los pertenecientes al ámbito de la ampliada UE, deberán conformarse con seguir confiando en el buen y generoso criterio de quienes, en ningún caso, tendrán que responder ante ellos de los resultados de su gestión. Y de todos es conocido lo que la buena voluntad política puede llegar a suponer para un ciudadano cuando su influencia en un resultado electoral es potencialmente nula.
Al salir de aquella conferencia la sensación que arrastraba era profundamente descorazonadora. Tal vez aquel ponente y yo, y los cuatro pelagatos que dieron síntomas de haber sintonizado con el mensaje del discurso, seamos un grupo de locos, o imbéciles, que debamos esperar aún un tiempo para que, quienes consideran la democracia una cuestión puramente aritmética, acaben por entendernos. O tal vez, instalados en un subjetivismo del que pretendemos desnudarmos, sigamos abundando en una idea que se revelará equivocada. No lo sé. El tiempo lo dirá.
La exactitud es un término que, afortunadamente, se ha ido apartando del glosario de objetivos prioritarios de la Ciencia. A medida que el hombre se ha desvinculado de una concepción antropocéntrica del universo, la humildad gnoseológica ha renacido en los libros de texto, desechándose el dogmatismo como una peligrosa fuente de errores. Excepción hecha del siempre metafísico mundo de las matemáticas, el resto de las ramas del saber ha claudicado ante las lecciones de la historia. Hoy en día el conocimiento se reconoce provisional; y, desde esa provisionalidad, la inexactitud ha terminado por ser la seña de identidad de un mundo científico que busca, más que nada, un utilitarismo coyuntural y pasajero, despojado de cualquier tipo de sacralización cognitiva.
Los políticos, que en su mayor parte dicen haber pasado por las aulas universitarias, han encontrado un refugio provechoso en esta circunstancia. Amparados en una incredulidad general, que todo lo pone en duda, y desde el incuestionable aval de la filosofía socrática, aprovechan cualquier hecho para abrazar la inexactitud con indisimulado afán sufragístico. El número de hectáreas quemadas en Galicia este verano es un ejemplo más de esa simbiótica comunión de pareceres entre la ciencia y la política.
La incapacidad del ser humano para reconocerse omnisciente, lejos de conducirle a la modestia, le aúpa a la charanga de verano. Porque sólo de verbeneo zafio puede ser calificado el hecho de que el Clay Mathematics Institute, una prestigiosa sociedad matemática americana, ofrezca un millón de dólares a quien resuelva uno de los denominados siete enigmas del milenio. Para hacerse con esa suma, además, la citada institución fija, como requisito, la publicación del trabajo en una revista de prestigio. Subámonos todos a la cucaña.
En el año 2002, Grigory Perelman, un matemático ruso a quien los cantos de sirena no consiguen sumir en peligrosos sueños, anunció al mundo, a través de una modesta publicación, Arxiv, la resolución de la conjetura de Poincaré. Dos breves artículos publicados, de 22 y 39 páginas respectivamente, fueron suficientes para asombrar a la comunidad científica. Perelman, ajeno a las bambalinas y al sonido rancio de las panderetas, ha sido agasajado estos días con el premio Fields, que es el Nobel de las matemáticas. Ni se dignó entonces a ceder a las exigencias de la sociedad matemática americana, dando publicidad a su trabajo en las revistas señaladas al efecto, y perdiendo con ello el millón de dólares, ni probablemente se digne ahora a pasar por Madrid a recoger un premio demasiado plagado de inexactitudes.
Hoy hace setenta años que en Granada, en su Granada, representantes del autodenominado movimiento nacional fusilaron, en compañía de dos banderilleros y un maestro de escuela cojo, a Federico García Lorca en el camino de Víznar a Alfácar. Sus restos reposan, poéticamente, cerca del manantial de Ainadamar, que viene a significar "fuente de las lágrimas" en árabe. Los revisionistas, ese corpúsculo pseudocientífico que pretende hacernos creer que la guerra civil comenzó en el treinta y cuatro, y que el alzamiento militar fue el resultado de una reacción lógica al grado de descomposición social que había traído la república, andan estos días muy atareados en sembrar el asesinato del poeta de tendenciosas inexactitudes. Los tiempos que corren así se lo permiten.
Mientras en Madrid la comunidad matemática se cuestiona el comportamiento excéntrico de un ruso que renuncia a un millón de dólares y al reconocimiento unánime de las más prestigiosas cabezas, Perelman, según cuentan sus allegados, disfruta de largas caminatas por los bosques rusos en busca de setas. Quien sabe si en esos interminables paseos, tal vez de forma inexacta, le lleguen a la memoria los versos de algún poeta asesinado que, con su sangre, consiguió, como es el caso de Lorca, que el mar dejara de moverse. Enhorabuena Grigory.
Juzgar expresiones concretas de la actividad de las personas nos puede llevar a percepciones engañosas de los verdaderos motivos de su comportamiento. Cualquiera que saliese una noche de copas con uno de mis cuñados pensaría que es un alcohólico. La cantidad ingerida, y el ritmo al que la bebe, nos impele a llegar a esa conclusión. Nada más lejos de la realidad. Mi cuñado es un compulsivo crónico al que le da igual que le pongan delante diez cartones de zumo de pomelo, unos panchitos o una ración de nécoras. Cuando se abre la veda, devora.
La compulsión tiene su origen en un sentido de la inmediatez casi patológico. El compulsivo actúa con fruición sobre el objeto de su deseo, como si estuviese en uno de esos concursos televisivos donde el cronómetro marca la delgada línea roja entre la victoria y la derrota. Para el compulsivo no hay nada más transcendente que hacer lo mismo, el mayor número de veces y en el menor tiempo posible.
La compulsión nace del ansia, y el ansia se ahoga en el mar del tiempo si permanece demasiado en remojo. No hay nada más traumático, para quien de esta forma actúa, que la terrorífica idea de la espera. La dilación entre la génesis del deseo y la consecución del fin es la cuna donde se mece la frustración del compulsivo. Por ello, la reflexión y la compulsividad son términos antónimos. El compulsivo actúa por instinto, y una vez que la oportunidad de satisfacer su impaciencia se le revela factible, la acción ocupa el centro de todas sus expectativas.
La historia está llena de excelsos compulsivos mal catalogados. Creo que fue la compulsión, y no la ninfomanía, la que empujó a Mesalina a morir decapitada. Y opino también que parte de los cuarenta y siete años de mandato castrista obedecen a una compulsión mal disimulada detrás de discursos interminables en los que cada palabra parece no llegar a tiempo de encadenarse con la siguiente. De compulsivos también se puede tachar a los cubanos de Miami-probablemente el lugar del mundo con más fascistas por metro cuadrado-, en ese afán desmedido por recuperar la mucama y la plantación algodonera. La compulsividad lo impregna todo dejando a la reflexividad en paños menores.
Desde que el 14 de Marzo de 2004 el PSOE ganó las elecciones generales, Acebes/Zaplana, que es lo mismo pero con distinto tono de bronceado, han impregnado las actuaciones de su partido de una compulsividad obsesiva que bien merece un extenso capítulo en un tratado de psiquiatría. El ansia por recuperar un poder, ejercido también en su momento de forma compulsiva, les está instalando en una irreflexibilidad peligrosa, no tan sólo para ellos, como sería deseable y oportuno, sino para el conjunto de los ciudadanos que observamos con preocupación como se banalizan las instituciones y se degrada la democracia.
Veo estos días en la prensa escrita que el Partido Popular vuelve a fotografiarse a las puertas del Tribunal Constitucional con su enésimo recurso, que, a tenor de sus palabras, no será el último. Su afán por judicializar la política es una muestra más de esa actitud compulsiva por recuperar el poder a cualquier precio. Cuatro años son, para cualquier compulsivo, una agonía. No vean como se puso mi cuñado un día cuando hartos, como estábamos, le prohibimos seguir comiendo de la ración de bígaros. Tengamos todos un poco de conmiseración con ellos. Al fin y al cabo sólo se trata de un grupo de enfermos.
No conozco profesión con vocación más sistematizadora que la de conductor de taxi. Al menos los de Madrid podrían, por si solos, constituir una escuela sociológica de prestigio superior a la del behaviorismo cognitivo. Cualquiera que haya subido en un taxi tres veces, o más, sabe de lo que hablo. Las dos primeras se reservan para el asombro propio de la metafísica más milagrera y hollywoodiense.
Decía Einstein, en una de sus conferencias en Princeton, que la física se rige por leyes muy simples. Ante tal aseveración, uno de los presentes le interpeló planteándole el dilema de qué ocurriría si no fuera ese el caso. El sabio teutón le contestó que, en tales circunstancias, a él, personalmente, la física dejaría de interesarle. Creo que el padre de la bomba atómica hubiera disfrutado enormemente dando paseos por Madrid en compañía de un taxista.
Porque si algo caracteriza a lo que, a partir de ahora denominaré gnoseotaxilogía, es su capacidad de simplificación del mundo. Los taxistas madrileños, divididos entre los que están a favor del PP y los que están en contra del PSOE, son capaces de categorizarlo todo con una nitidez tal que el mismo Aristóteles hubiera sentido vergüenza por su falta de clarividencia conceptual.
La gnoseotaxilogía, para aquellos que no hayan tenido la fortuna de disfrutar de tan afamados dispendios de sabiduría, es una construcción intelectual basada en una serie de principios básicos; capaz de establecer categorías simples, y bien delimitadas, que ayudan a encontrar respuestas rápidas a cualquier tipo de problema. En un mundo donde la complejidad excesiva tiende a embarullar la búsqueda de soluciones, el automatismo resolutivo de la gnoseotaxilogía es un activo nada despreciable, que le ayuda a estar por encima del resto de las escuelas sociológicas, al menos desde un punto de vista pragmático.
El principio básico que inspira al gnoseotaxílogo es fácilmente enunciable: "cualquier tiempo pasado fue mejor, excepto los catorce años de corrupto gobierno socialista". A los gnoseotaxílogos, catalogables entre los que escuchan la COPE y los que no escuchan la SER, esta aseveración les sirve como fuente de diagnóstico, evaluación y resolución de cualquier tipo de problema. Ni Kant, con su imperativo categórico, alcanzó tales niveles de sublimidad cognitiva.
Entrar en profundidad en el intrincado universo de la gnoseotaxilogía requería, probablemente, una tesis doctoral. No es este el caso. Por ello, y con afán de ser ilustrativo, me centraré en la brillante valoración que hacen de uno de sus temas más trabajados: la delincuencia. Creo que este ejemplo será más que suficiente para poner en antecedentes a quienes desconozcan este nuevo aporte científico.
El gnoseotaxílogo, siempre partiendo de un reduccionismo exacerbado, entiende que la sociedad madrileña está integrado por las siguientes categorías puras: putos negros, sudacas de mierda, moros y buenos españoles. Recurriendo al principio básico antes enunciado, en ese pasado idílico en el que los negros, sudacas y moros estaban allende nuestro glorioso territorio patrio y los gobiernos socialistas aún no habían abierto nuestras fronteras; pasado en el que, por otra parte, el respeto, la educación y el civismo, eran las señas de identidad de una sociedad en la que el delito sólo era un arcaísmo recogido por las enciclopedias, encontrar una solución al problema de la delincuencia resulta sencillo. Todo depende de la sangre y el sufrimiento que usted sea capaz de soportar. Dejo al lector que aplique sus conocimientos de lógica para llegar a ella.
Éstas, y otras cosas, le comentaba el otro día a un amigo mío taxista, al que conocí en la universidad cuando él estudiaba filosofía, y yo dilapidaba mis horas lectivas jugando al mus en la cafetería de la universidad. Malévolo e inteligente me recordó que de premisas particulares no se pueden extraer conclusiones generales. Por mucho que hayas viajado en taxi, me dijo, no puedes meter a todos en el mismo saco. Cierto, contesté, pero hay un número suficiente como para reconocerles la categoría de escuela.
En el aeropuerto del Prat un gnoseotaxílogo, no sé si madrileño o no, se ha negado a llevar en su vehículo al jugador del Barcelona, Zambrotta, por el mero hecho de pertenecer al club culé. Según cuentan los diarios deportivos, la directiva del Espanyol se está planteando invitarle algún día al palco del club perico en reconocimiento por su hazaña. Cosas veredes, amigo Sancho. Lo dicho. Pasen y vean.
No hay espectáculo más delirante que disfrutar de la inteligencia ajena. En una sociedad donde el cretinismo ha alcanzado el rango de opereta de éxito, en ciertos círculos académicos y profesionales, encontrar refugio en las obras de hombres y mujeres que descollaron por su brillo intelectual, más allá de las bambalinas de la farándula oficial, nos ayuda a reconciliarnos con ese género humano, tan de circo, que a veces pasea su palmito peripatético por las pasarelas de la mediocridad más rancia.
Un buen ejemplo lo encontramos en Thorstein Veblen. Este hijo de campesinos emigrados a Estado Unidos, en la segunda mitad del siglo XIX, supo sobreponerse a las condiciones adversas que, en un principio, le condenaban a una existencia lejos de bibliotecas y universidades, para convertirse, con el paso de los años, en el verdadero azote intelectual de una nueva burguesía, casposa y pretenciosa, que encontró entre sus obras el azote racional que su artificiosa prepotencia merecía.
Veblen dedicó muchas horas de su vida a destapar las vergüenzas de una clase, de nuevo cuño, que iba apoderándose del corazón de América a golpe de talonario y de una ostentación hedonista que no tenía otro fin que alimentar su propia autocomplacencia. La inautenticidad de esta clase ociosa, y su exhibicionismo de corrala de verano, fueron el objeto de sus dardos.
Poco más de un siglo después de la publicación de las obras de Veblen, sus reflexiones apenas han alcanzado para dar satisfacción a algún que otro onanista intelectual en la soledad de su estudio. La sociedad, a la que Veblen quiso iluminar con incontables horas de trabajo y de literatura de primera escuela, ha relegado sus prescripciones a algún que otro seminario para alumnos poco adocenados.
A cambio, la imbecilidad ha seguido abriendo brecha en un cuerpo social donde la memez corporativa se impone a la libertad de pensamiento. Al igual que en el caso del homeópata Gachet, que, a instancias de su mujer, condenó una de las más celebradas obras de Van Gogh a la oscuridad de un sótano, por el simple hecho de venir de un supuesto loco, seguimos postrándonos ante el almidón de las corbatas con la misma servidumbre idiota que ya era tan de uso común en los tiempos de Veblen.
Conozco, afortunadamente sólo de vista, un abogado del estado a quien estas palabras le resultarán extrañamente incomprensibles. Sus juegos de sociedad no le dan para más. Alcanzar el rango de mandril macho en época de apareamiento no es suficiente bagaje por mucho que uno se ahorque a diario con una corbata de diseño.
Se preguntarán ustedes a qué viene esto. Licencias del autor. Perdóneseme el atrevimiento.
Hasta 1.966, Rumanía contaba con una de las políticas más liberales en materia de aborto del mundo. Con la llegada de Nicolai Ceaucescu al poder y, como no, de su ínclita Elena, el aborto fue estrictamente prohibido. Veinticuatro años después ambos dirigentes pseudocomunistas fueron fusilados como consecuencia de una revuelta social en la que los jóvenes rumanos tuvieron una participación muy activa. Muchas de las personas que, el 16 de diciembre de 1.989, vociferaban en Timisoara vindicando su derrocamiento no habrían nacido nunca de no haber gobernado Ceaucescu. La vida tiene estas paradojas.
Por mucho que intentemos considerar el mundo un lugar apacible, sometido a los dictados de la diosa razón, la paradoja impone su ley a la vuelta de cada esquina. Delincuentes hijos de padres que emplearon auténticas fortunas en su educación, parejas que encontraron la desgracia en la consecución del amor por el que tanto lucharon, trabajos con los que siempre soñamos y que nos acabaron encerrando en el sinsabor más insoportable y así, hasta un largo etcétera de casos que bastaría para llenar la más ambiciosa de las bibliotecas.
A la Conferencia Episcopal más le valdría tener estos hechos en consideración. Sus últimas declaraciones en contra de la selección embrionaria como prevención del nacimiento de niños con alto riesgo de desarrollo de enfermedades puede ser el germen de una futura paradoja.
Un matrimonio sevillano, optando por la técnica del diagnóstico genético preimplantacional, ha tenido una hija sana, libre de la servidumbre de una silla de ruedas y una muerte prematura. Alcanzar este resultado no ha sido sencillo. Los médicos han tenido que descartar varios embriones potencialmente portadores de un mal que hubiera condenado a esta familia a una vida hipotecada al sufrimiento.
Los obispos, esos señores enlutados que, en estado embrionario, debían tener un aspecto tan saludable como el que actualmente presentan, consideran la eliminación de embriones con fines terapéuticos un atentado contra la vida en sus primeras fases. Partiendo de tal convicción han hecho un llamamiento a sus fieles para que, en ningún caso, apliquen estas prácticas y acepten con serena resignación lo que Dios, o la naturaleza, quiera enviarles.
Quien sabe si víctimas de este consejo, en un futuro, alguna familia católica tendrá un hijo que, con el transcurso de los años y el dolor, acabará haciendo de la causa de su muerte, tal y como ocurrió con Ramón Sampedro, el acicate necesario para remover la conciencia de un todo social en favor de la eutanasia.
Los obispos de entonces ignorarán sus declaraciones de ahora, y no acertarán a comprender que la semilla de la destrucción de su conservadurismo moral estuvo en ellos mismos. Es lo que tienen las paradojas.
Sadam Husein sabe que la muerte es consustancial a la vida, y que no es lo mismo morir de una manera o de otra. Por ello, el exlíder iraquí ha solicitado al tribunal que le juzga que, en caso de ser condenado a la pena capital, ésta sea ejecutada por un pelotón de fusilamiento y no, como es tradición en este país, mediante la horca.
La horca es un sistema, tradicionalmente utilizado con los criminales, que viene a conjugar, en un mismo hecho, el horror de la pérdida de la vida con la indignidad de su propia puesta en escena. Para las sociedades más atrasadas, la vergüenza del delito debe ir más allá de la propia muerte. Enajenar la vida de quien ha transgredido la ley no es castigo suficiente para el reo.
Sadam no se considera un criminal sino una víctima, y como tal reclama su derecho a una ejecución digna. Atendiendo a ese sentido mesiánico que acompaña a quienes se autoproclaman nacidos para salvar a todo un pueblo, no quiere que su biografía quede emborronada con un párrafo final en el que el patetismo de un cuerpo oscilante sea la última imagen que contemple el mundo.
Husein quiere pasar a la historia como el primer mártir reseñable de la lucha contra el imperialismo americano en el universo musulmán. La horca no es, precisamente, una manera muy adecuada de hacerlo. Sus abogados, siguiendo las instrucciones del exdictador, suplican al tribunal que tenga en consideración su carácter de militar para ahorrarle un trago tan vergonzoso, y puede que lo consigan.
En los albores del siglo XXI el crimen de estado es asumido por la sociedad con más tolerancia que el delito común. No siempre fue así. La noche antes de morir, María Antonieta, en una carta dirigida a Madame Isabel, hermana de Luis XVI, se expresaba en los siguientes términos: "acabo de ser condenada, no a una muerte honrosa, que se reserva a los criminales...". María Antonieta, de haber podido elegir, habría huido de la guillotina. Pero entonces, la traición al pueblo tenía la consideración de la más ignominiosa de las villanías.
El mismo Sadam que, entre 1987 y 1988, aniquiló a más de cien mil kurdos con gas mostaza, sin ni tan siquiera darles la oportunidad de elegir la dignidad de su propia muerte, ahora reclama ser el guionista de la suya propia. El alto tribunal que le juzga probablemente atienda su sugerencia. Otra cosa es que Sadam no hubiera sido Sadam. Entonces nada le habría librado de la soga.
Sadam, como el Cid, pretende seguir guerreando después de muerto. No ignora que un error táctico en el diseño de su propia muerte puede conducirle a la más dolorosa de las derrotas: el olvido. Una muerte mal gestionada puede convertir a cualquiera en inmortal. La falta de sentido histórico de quienes fotografiaron al Che después de ajusticiado, y le convirtieron en el Cristo Guerrillero que es hoy, está ahí para atestiguarlo. La batalla entre Sadam y el tribunal está servida.
Mientras, en nombre de una siempre dudosa razón de estado, muchos otros siguen muriendo bajo las bombas, en muchas ocasiones, en situaciones indignas. Nadie les ofrecerá la posibilidad de alzar el dedo y elegir su forma de morir. No fueron llamados para ello por el destino.
En el madrileño barrio de la Elipa hay una piscina municipal en la que determinados bañistas siguen los principios bíblicos más rancios al pie de la letra. El sábado pasado Luis y Thomas, una pareja homosexual, dio muestras de su cariño besándose en público. Los talibanes de Moratalaz respondieron con una lapidación en toda regla. Aducen los agresores, para justificar su actuación, el mal ejemplo que para los niños suponen comportamientos de este tipo. Ante esta ignominia, estos adalides de la educación infantil decidieron ser de lo más ejemplarizantes, emprendiéndola a pedradas y patadas con quienes habían cometido semejante tropelía.
Históricamente, los besos han desencadenado todo tipo de reacciones histéricas. Detrás de un beso, y en muchos casos, de su ausencia, hay revoluciones, guerras, asesinatos, suicidios. Un beso dado a destiempo, en el lugar inadecuado y a la persona inoportuna puede ser el comienzo de muchas desdichas. No es esta cuestión que deba tomarse a la ligera. El beso está en el origen de muchas de las desgracias que han asolado a la humanidad desde sus edades más tempranas.
Los talibanes de Moratalaz, que en historigrafía deben andar muy versados, así lo entendieron. Y ante una muestra de cariño que podía llegar a confundir las tiernas mentes infantiles, y llevarles a pensar que el mundo pueda ser de otra manera, recurrieron a una escenificación perfecta de lo que la civilización siempre ha presentado como la pedagogía más adecuada para acabar con cualquier muestra de disidencia.
Querámoslo o no, la lapidación es un sistema que funciona. Desde la implantación del carnet por puntos, que es una forma sutil de lapidarnos la inconsciencia, el número de muertes en carretera ha descendido una cuarta parte. De nada han servido innumerables campañas de sensibilización. Hasta que no hemos sentido la primera piedra golpearnos la nuca nadie ha levantado el pie del acelerador.
Como no lo levantaron en su día los magistrados de la Audiencia Nacional que bendijeron la detención ilegal de Hmido, el talibán español, en el infierno jurídico de Guantánamo con una sentencia irrisoria. Ahora los miembros del Tribunal Supremo han lavado, en parte, la cara de la justicia. Tal vez si ciertos magistrados ejercieran su profesión con un carnet por puntos los ciudadanos podríamos andar más confiados de no acabar en un ghetto sin derechos ni garantías.
Todo tiene una explicación. Probablemente algunos de los magistrados de la Audiencia Nacional que rubricaron aquella dudosa sentencia, en otro tiempo, fueron asustados niños que, en una piscina municipal, contemplaron a un ilustre grupo de pedagogos mamporreando a algún cariñoso bañista entregado a la peligrosa tarea de dar un beso.
Puede que nuestro planeta esté enfermo de muerte y todavía no nos hayamos enterado. Al igual que un vecino mío, que descubrió que tenía cáncer de pulmón justo cuando le despidieron de la empresa donde llevaba trabajando veinticinco años, nuestro querido planeta, que aún se resiste a firmar el finiquito por más que muchos se obstinen en presentárselo todos los días, empieza a dar los primeros estornudos que preceden a la visita médica que certifica el final de toda esperanza.
Diane Wickland, directora del programa de ecología terrestre de la NASA, ha despojado a la Amazonía de sus galones de "pulmón del mundo", relegándola a la nada poética categoría de "emisor neto de dióxido de carbono", que muy bien no sé qué significado tiene, pero que suena tan a sentencia desfavorable como cuando mi profesor de matemáticas corregía el examen en la pizarra.
Los síntomas se agolpan. Un nutrido grupo de científicos, de trece nacionalidades distintas, auguran una gran crisis de biodiversidad durante este siglo. Afirman que gran parte de las poblaciones y especies que malviven con el hombre sólo podrán ser escudriñadas en los libros de historia natural dentro de unos pocos años.
Despojados del oxígeno, y sin más mascotas que pasear que un perrito cibernético de ladrido a hojalata, el hombre, ese ser curioso que hasta que alcanzó la madurez intelectual se consideró el ombligo de todo lo existente, persiste en el empeño de disfrutar los domingos en un jardín sintético donde tumbarse a contemplar el sol tras la protección de unas gafas.
Y mientras otro grupo de científicos estudia en Canarias el efecto del polvo sahariano en las mediciones de ozono; que tampoco es que suene muy bien, pero, al menos, parece menos amenazante que el asunto del dióxido de carbono; este lunes navega, como otro lunes cualquiera, sobre la marea del tiempo como si no pasase nada.
Condoleezza Rice, que no sé si es más preocupante para la salud del planeta que la quema de la selva amazónica para cultivar soja o criar ganado, acaba de entrevistarse con el primer ministro libanés Fuad Sinora. Ignoro la preocupación que a ambos les causa la lenta muerte de los bosques, la desaparición de ciertas especies o el polvo sahariano.
Lo que sí parece cierto es que, después de esta entrevista, nuestro planeta seguirá dando muestras de estar enfermo, y el sur del Líbano continuará siendo un lugar irrespirable.
Como mi vecino, que no tuvo tiempo de auscultarse los pulmones mientras su jefe consideró imprescindible atiborrarle de trabajo, nuestro planeta seguirá girando hasta que le llegue la edad de jubilarse. Entonces, se revelará enfermo, pero ya será demasiado tarde.